Una vida desde El Alto

  Capítulo II, Noviembre 2003

Querida familia:

Ha pasado menos de una semana de nuestra llegada aquí y parecen meses... Definitivamente es este un país curioso e impactante.

No se pueden explicar las sensaciones que genera llegar aquí, aunque uno pretenda estar preparado para esto. Porque una sensación está hecha de colores, ruidos, vistas, olores y sentimientos, y eso sólo se puede comprender viviéndolo.
minibus No se puede contar lo que es subirse en un minibús (en el fondo, una camioneta) hasta 20 personas, con todos los pertrechos de los niños y dejarse llevar a tu destino, que tampoco tienes muy claro cual es porque no conoces nada.
¿Cómo explicar las sensaciones que tienes cuando el primer día te llevan entre callejuelas oscuras y dando saltos en el Land Rover, rodeados de muros de adobe que esconden pobrezas desconocidas? Unos perros andando por ahí y en una esquina una cholita sentada, esperando, con su niño pequeño entre sus faldas. Allá unas casa de adobe y al fondo, dominando todo, la majestuosa cumbre nevada del Illimani.

Pero lo que más impresiona es la tremenda pobreza que se ve y se huele, en las casas, en las ropas en las miradas...

Pero lo que más impresiona es la tremenda pobreza que se ve y se huele, en las casas, en las ropas en las miradas...

No es esta una pobreza de “estampa” bonita y paisaje paradisiaco. La miseria que se ve en El Alto es una miseria dura, inhóspita, seca, bajo un sol de justicia durante el día o con un frío de mil demonios por la noche. Es miseria de verdad.

Pero, es cierto, solo hemos hablado de lugares, de cosas.

La pobreza de El Alto es evidente, incluso hiriente. La riqueza de El Alto, por lo poco que conocemos, son sus personas. Impresiona la acogida que nos han prestado tantas personas para ayudar a vencer nuestras muchas inseguridades de este primer momento.

Cómo viene la hermana María con pollo que ha encontrado baratito, como se acercan los niños ¡¡a centenares!! cuando salimos a la plazuela para dar la mano, acariciar el pelo o simplemente mirar a Lucía, Ana y Marcos. ¡Los niños! Tímidos al principio, acogedores de una manera inimaginable, caritas sucias embutidas en mil capas de ropa para combatir el frío los más pequeños, con el chándal de la ONG de turno los más mayorcitos.
¿Cómo explicar el ambiente de una ciudad donde en cada esquina hay una persona comerciando con cualquier cosa, el ruido de los voceadores de los minibuses, el ambiente de “La Ceja”, un inmenso mercado callejero donde todo se puede comprar?.

La riqueza de El Alto, por lo poco que conocemos, son sus personas. Impresiona la acogida que nos han prestado tantas personas para ayudar a vencer nuestras muchas inseguridades de este primer momento.
¿Cómo explicar el contraste que supone comer al lado del presidente Carlos Mesa en la Casa de España (invitados por el obispo) y luego subir a la miseria de la ciudad miseria más grande de América Latina, donde se reciclan hasta las bolsas de basura?

Y la Iglesia llena también de contrastes. Incluso en una diócesis significada por su opción por los pobres como la que nos encontramos, podemos ver maneras de hacer del concilio de Trento junto con experiencias pastorales y comunitarias dignas de admiración. Desde el misionero que gusta asperjar agua bendita con un cubo y una fregona (literal), hasta las comunidades que celebran con una alegría y “marcha” que a los rígidos europeos nos cuesta entender.

La vida en esta tierra es dura, muy dura. El clima, la aridez, la tierra, el polvo, la naturaleza no ayudan a vivir cómodamente. Incluso nosotros, privilegiados entre los pobladores de El Alto, debemos hacer un continuo esfuerzo de no desear las facilidades del primer mundo que ni nos dábamos cuenta que existían. A estas alturas te encuentras todavía buscando contrariado ciertos cachivaches que se suponía te iban a acompañar hasta el fin de tus días. Ese funcionamiento de forma más rústica, junto con el ritmo que debemos mantener por la altura y el poco oxigeno junto con los cambios horarios (los niños se siguen despertando entre las 5,30 y las 6,30) te hace entrar en unas velocidades (mejor dicho, unas lentitudes) distintas. Ya dicen los misioneros de Cochabamba o Santa Cruz (de la parte baja de Bolivia) cuando se enteran que nos vamos a quedar aquí: ¡El Alto es muy duro! Pero los que están aquí dicen: es verdad, es muy duro... ¡pero merece la pena!

Miramos por la ventana y contemplamos el altiplano lleno de casuchas, casi chabolas, hasta perderse por el horizonte. Más atrás, protegiéndonos, la madre tierra, Pachamama, y allí se yergue el andino Huayna Potosí hasta los 6.000 metros. La belleza de las nieves perpetuas se reflejan en la pobreza de los charcos inmundos y las basuras que se extienden por El Alto. El buen Dios parece decirnos que no todo se acaba en la podredumbre que estamos experimentado. Que la belleza de la montaña se aprecia en su esplendor cuando en su base se encuentran los sufrimientos de los hombres, que sin dejar de tener puestos los pies donde se necesita, hemos de mirar más adelante para descubrir sentido en este sinsentido.

Afuera, la cholita aymara sigue sentada vendiendo su mercancía. Mientras escribo, historias de vida y muerte siguen aconteciendo en las casas de nuestros vecinos. Ojalá aprendamos a comprender esto, para poder después compartirlo. Nosotros poco a poco vamos encontrando de todo, y nos vamos adaptando cada vez más.

Un abrazo fuerte.

Claudio, Merche, Lucía, Ana y Marcos.

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