Una vida desde El Alto

  Capítulo IV, Diciembre 2003

Querida familia:

Ya que os preocupa tanto lo primero que os queremos decir es que ya tenemos lavadora y seguro que mejor que la vuestra. También tenemos ordenador, pero como no tenemos teléfono, tenemos que seguir usando el ciber de los lunes. Aquí, dar de alta la línea telefónica vale un pastón en dólares, por eso la gente se maneja sólo con celulares. Estamos haciendo las gestiones para ponerlo.

También tenemos dirección postal, así que ya nos podéis mandar los langostinos y el jamón.

El caso es que ya llevamos tres semanas aquí y continuamos nuestro proceso de entendimiento ¿inculturación? de esta sociedad que, como todas, está tan llena de complejidades y matices.

Entre todos los compromisos y tareas, que no creáis que son pocas ¡¡menos mal que todavía no trabajamos!!, ayer y anteayer estuvimos en uno de los barrios más pobres de esta mísera ciudad: Senkata.
No es la primera vez que visitamos Senkata, pero es la ocasión en la que hemos estado más tiempo.
tobogan Nosotros, que tenemos tendencia a hacer unos fabulosos planes de acercamiento, unas buenísimas estrategias de incorporación paulatina, unos buenos planes de formación para acercarnos sin imposiciones ni paternalismos, nosotros que sabemos hacer todas esas cosas, vemos que todo eso pierde sentido cuando nuestras Lucía y Ana se acercan a otros niños y empiezan a compartir un columpio o a tirarse juntos por un tobogán. Estos niños no se hacen rollos como nosotros porque esencialmente no se sienten distintos.
Ni unos somos los donantes de ayuda ni los otros son los potenciales receptores. Ni unos van ni otros vienen. Nosotros sí nos podemos hacer problemas porque, sin querer, hacemos de la diferencia lo importante. Estar presente entre este pueblo, significa estar, sin importarnos de donde venimos o qué venimos a hacer, es ponernos todos juntos delante del columpio y jugar. Para eso, recomendamos “perder” todo un día, como nosotros hicimos ayer, con niños jugando al fútbol, a pesca-pesca y conversando. ¡¡Mejor que ir a diez conferencias!!

Jimena

Pero no pensemos que las dificultades las ponemos sólo nosotros, ni fundamentalmente nosotros. Todos nos dicen, y es algo que vamos comprendiendo e intuyendo, que una tendencia muy frecuente entre este pueblo es la de pedir. Los “gringos” somos, potencialmente, plata, dólares. Pero también es verdad que todo esto se ha producido por la irresponsabilidad y el paternalismo con que se ha tratado al pueblo boliviano.
Los extranjeros hemos estado aquí para robar o para regalar y no hay duda que ninguna de las cosas son buenas. Y en estas cosas, sobre todo lo de robar, los españoles no hemos estado a la zaga.

Ayer conocimos a Alicia. Vino a tomarse con nosotros el vaso de leche y arroz que preparan las misioneras Serviam para los niños que se acercan a su casa. Alicia tiene 11 años y es la mayor de 9 hermanos. En realidad es la mamá de la familia porque su madre tiene que ir a vender todas las mañanas tempranito a la feria para poder traer unos pocos bolivianos (moneda local) a casa. Y vuelve tarde, igual que el papá. En su quehacer cotidiano, al cuidado de sus hermanos, hace varios años, Alicia intentó apagar un pequeño incendio y confundió el agua con queroseno. El resultado fue unas extensas y profundas quemaduras por todo el cuerpo y por toda la cara. El papá, miembro de una secta fundamentalista no dejó que fuera al hospital diciendo que “Dios curaría a su hija con su sólo poder” y tampoco permitió que, años después, fuera intervenida por cirujanos plásticos de una ONG norteamericana afincada temporalmente en El Alto.
Ayer nos regaló su presencia con ocasión del vasito de leche y arroz, aunque no todos los días puede venir pues también tiene que lavar mantas de lana de llama para obtener algunos bolivianos y no puede entretenerse mucho, pues si tarda su padre la espera con un palo. Pero teníais que ver su sonrisa, la forma de relacionarse con los otros niños para entender, o mejor, para no entender nada.

Y es que aquí las cosas son de otra manera: la vida se vive intensamente, la muerte está presente como parte de la vida, sin ocultarla ni dramatizarla, las cosas sencillas se gustan un montón y todos se las apañan para estar todo el día de fiesta.

Y es que aquí las cosas son de otra manera. La vida se vive intensamente (en lo bueno y en lo malo), la muerte está presente como parte de la vida, sin ocultarla ni dramatizarla, las cosas sencillas se gustan un montón y todos se las apañan para estar todo el día de fiesta. Estos días pasados vimos como celebraban su patrona los conductores de los minibuses: todos aparcados delante de las parroquias (bloqueando el paso de los demás vehículos debíamos meternos dirección prohibida para sortearlos, menos mal que aquí hay pocos coches) esperando que saliera el cura para echarles una bendición y bebiendo todo el día cerveza y sólo cerveza. ¿Os imagináis lo que es montarse en el transporte público ese día tras semejante banquete de cerveza?

Parece increíble la capacidad de festejar que tiene este curioso pueblo. Si nosotros viviéramos en las condiciones en que vive, no estaríamos para muchas fiestas, seguro. Porque los mismos que festejan tanto son los que viven con menos de 450 bolivianos por familia (unas 9.000 pesetas, 54 euros) al mes, y eso no da para mucho. Por ejemplo, con ese dinero se puede conseguir la alimentación (sólo la alimentación) de una familia sencilla -normalita- de El Alto. A saber: para desayunar un té (aquí se llama té a una infusión cualquiera) con pan, para almorzar una sopa con verduras, o cereal o con papas. En otras ocasiones no hay sopa y se sirve pasta o un huevo o papas o verdura, pero nunca los dos platos, sólo uno. La merienda, cuando la hay, es otro tesito (té pequeñito) con un trozo de pan y para cenar las sobras de la comida o si no hay sobras, otra infusión. Mucha patata deshidratada (chuño) que da sensación de saciedad y todo picantito, que quita el hambre. De leche, nada (en los colegios ahora se da un vaso de leche por la mañana), de carne, en las fiestas gordas (unas pocas veces al año, pollo) y pescado ya no queda ni en el lago Titikaka. La fruta tampoco, aunque sí que se vende y es muy variada, para quien tenga plata. Y esto una familia sencilla de El Alto, porque a los pobres no les llega ni para esto.

ilimani

El otro día nos acercamos a un sitio que se llama Achocalla. Es simplemente un barranco con una caída vertical de muchos metros, no sé calcular. La ciudad de El Alto llega hasta el mismo borde de ese barranco, con unas casuchas pegadas al borde que parece que se van a caer, y de hecho algunas caen en la época de las lluvias. Allá abajo parece otro mundo. Si esto nuestro es árido, abajo hay un estanquito, árboles y ¡¡¡bastante verde!!! El fondo del valle se cierra con la mole del Nevado Illimani que es una montaña preciosa, impresionante, con nieves perpetuas que es visible desde gran parte de la ciudad. Nos sigue impresionando como pueden convivir con tanta naturalidad la belleza de los Andes con la aridez inhóspita de esta enorme ciudad, como pueden convivir la tragedia de tantas vidas duras con la alegría e incluso la “pachanga” con la que viven los mismos que mañana no tienen nada que llevarse a la boca, como pueden convivir los dólares andantes de los señoritos que viven allá, mil metros abajo en la zona sur de La Paz con los niños descalzos que conviven con nosotros aquí en El Alto, con bastantes grados menos y también con bastante menos oxígeno. Ya dicen algunos que en La Paz, también el oxígeno se paga y los ricos, que están sólo a 3.200 metros, no tienen problemas para oxigenarse. Pero no pasa nada, porque el cielo que vemos aquí a 4.200 metros no tiene rival, y es gratis, y los colores cambiantes de las montañas al atardecer tampoco tienen precio, y el aire “fresquito” que baja de los Andes tampoco.

Pero esa es otra historia que os contaremos otra semana, si no se nos acaba el rollo.

Un abrazo, Merche, Claudio y los niños

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