Una vida desde El Alto

  Capítulo VI, Diciembre 2003

Hola familia:

Ya estábamos deseando que llegase el lunes para volver a tener noticias vuestras y contaros nuestras últimas andanzas.

El Alto

Un día de estos esperamos tener teléfono fijo en casa. Decimos un día de estos porque aquí la gente es muy poco formal, te dicen una cosa y luego nada. En cualquier caso será ya pronto, con lo cual también pronto podremos disponer de Internet en casa, todo un lujo. A esta zona de El Alto no llega la línea ADSL, con lo cual tenemos que contratar una línea que aquí se llama gemela, que no te impide hablar por teléfono a la vez, pero va a la velocidad del teléfono normal. Cuando veamos como va la cosa, nos planteamos o no lo de la web cam (no se como se escribe, pero es la cámara para poder vernos) y el micrófono para poder hablar desde casa. Así también podréis ver a los niños.

Esta semana a transcurrido con normalidad. Mariano ha estado el pobre varios días en cama con conjuntivitis y la garganta sin poder hablar. Por ahora nosotros nos estamos salvando de la quema, y los niños también. ¡¡Castellanos recios!! Los vascos mucho presumir, pero a la hora de la verdad...

Hemos descubierto un patio en la casa que está fenomenal, y vamos a ver si lo arreglamos un poco. Merche se va a animar a plantar un poco de hierba y algunas flores, como en Valladolid. También hay un pequeño invernadero y puede que incluso nos animemos a plantar alguna lechuga y algún tomate. Nunca pensé llegar a esto, pero cuando te encuentras en una tierra tan desértica y fea como es El Alto, cualquier cosa verde te anima y alegra la vida. Así que ya os pediremos consejo de cómo cultivar las cosas. No os preocupéis que no nos vamos a pegar la paliza, ni a dedicarnos a la venta, será poquita cosa y de autoconsumo (Nota: esto lo dice Merche porque yo no quiero saber nada de lechugas).

limpiabotas

Ya empezamos a tener ganas de trabajar, ahora empieza el verano y nosotros ya estamos cansados de verano, sobre todo porque tenemos a los niños todo el día y esto es agotador. Comprendemos y nos solidarizamos con las madres que os habéis dedicado en exclusiva a la familia. Menudo mérito. Cuando los niños empiecen el cole, ellos y nosotros estaremos mejor.

En el mes de diciembre, para conocer mejor la realidad vamos a colaborar con los salesianos y con los de la parroquia vecina (Jesús Obrero) de la que ya os hemos hablado, en las actividades de verano que van a hacer con niños y jóvenes.
Claudio se va a dedicar a hacer revisiones médicas a 200 niños y 100 jovenes y Merche se dedicará a la animación. Recordar que aquí es verano, por lo que esto son como campamentos, pero sin salir de El Alto. Nos repartiremos y así además de ayudar y tener algo concreto entre manos, conoceremos mejor como se trabaja aquí y cual es la realidad, intereses y necesidades de la gente.

Como decíamos, esta semana ha estado Mariano pachucho y en la cama ha tenido tiempo de leer, pensar y escribir sobre lo que estamos viviendo. Como nosotros no hemos tenido tanto tiempo, la crónica de este lunes está sacada, de lo que él ha escrito:

Por los mercados callejeros de La Paz

La Paz es la capital latinoamericana de la pobreza. En realidad, La Paz es la sede del Gobierno boliviano y está construída en una “hoyada”, (o sea, un enorme agujero) rodeada de montañas imponentes. Cuando uno baja del Altiplano hacia La Paz, aparecen inmensos los barrios de casitas de ladrillo “pelao” que trepan montaña arriba, formando callejuelas y escaleras kilométricas (literalmente) en un paisaje de tierra reseca.

La Paz - mercado

Del millón doscientos mil habitantes que tiene la Paz, dos tercios subsisten con menos de un euro al día y viven mayoritariamente del comercio callejero que llena el sector céntrico de la ciudad. Hay calles enteras de comida, otras de ropa, otras de muebles, otras de herramientas. Todas calles estrechas, por donde el tráfico es una aventura, atiborradas de puestecicos en el suelo y de gente gritando sus productos. Eso sí, rudimentarios, hechos con cuatro palos y un plástico para protegerse del calor o la lluvia, que se montan al amanecer y se desarman al ponerse el sol.
Y son cientos y cientos, unos pegados a otros, como si fueran la versión pobre y callejera los grandes almacenes europeos. Al igual que en estos, uno puede encontrar de todo subiendo o bajando plantas. Y digo plantas, porque las cuestas son tan pronunciadas en esta ciudad que podemos subir a la quinta (calle) más arriba a comprar ropa y luego en la tercera encontramos materiales del hogar ¡igual que en El Corte Inglés!

Parece mentira que en el siglo XXI existan mundos tan distintos y tan desconocidos. Pensaba en lo ignorantes que somos los europeos: todo lo medimos con la vara de nuestro progreso económico y todo lo juzgamos desde nuestro presente.

Paseando por allí, la primera es una mirada entretenida y curiosa, atraída por aquel paisaje humano caótico donde la mayoría de los vendedores son “cholitas”, mujeres aymaras y quechuas vestidas con su atuendo típico: los zapatos acharolados, las polleras (faldas enormes con pliegues y varias capas, de diversos colores y brillos), las mantas (que les sirven de abrigo, con flecos y diseños llamativos), los sombreros de bombín (que según su tipo y posición diferencian a las solteras y casadas, a las más pobres y a las promocionadas) y sobre todo, el “aguayo” (una mantita multicolor que llevan a la espalda, que sirve tanto para cargar niños como cualquier tipo de productos).
Y junto a esto la infaltable hoja de coca que todos mastican incansablemente, como remedio ancestral para amortiguar el mal de altura y también el hambre. Los olores y sonidos de estos mercados de La Paz son indescriptibles y completan la sensación de estar en “otro mundo”...

La Paz - mercado

Pero al cabo de un rato, la mirada curiosa centrada en el paisaje se transforma en una mirada de asombro y tristeza, cuando uno se fija en las personas y se pone en su lugar. En los rostros quemados por el sol se revelan historias de dolor y sacrificio, historias de una vida cotidiana muy distinta de la nuestra. Todos aquellos hombres y mujeres se levantan con el sol, a las 5 de la mañana, para cargar sus cuatro cachivaches y marchar al mercado caminando o en algún minibús (transporte público minúsculo donde se apretujan hasta 17 personas). Allí pasan todo el día, por eso es normal que en todas la calles haya preparación de comida y alquiler de baños: es evidente que ninguno de estos servicios pasaría un examen de inspectores públicos europeos.
Sobre todo llama la atención lo escaso y pobre de los productos que ofrecen: ¿Qué miseria ganarán por todo un día de trabajo? ¿Y cómo aguantan tantas horas el agobio del sol, el ruido, el cansancio y el hacinamiento?

Ocurrió que un turista, compadecido de una cholita, quiso comprarle todo lo que tenía para vender. Ella le dijo que no, que comprara sólo una parte, porque si no ¿qué iba a hacer el resto del día? Aquel turista no sabía que acá, en su sistema de compraventa, casi todos viven al día. Tampoco sabía que muchas de las mujeres pobres prefieren pasar toda la jornada en la calle trabajando y manteniendo redes de relación con sus iguales, antes que volver temprano a casa y encontrarse con el marido borracho y agresivo.

niño

Y en todo este cuadro, hay algo que para nadie pasa desapercibido: entremezclados con los puestos de la calle hay montones de niños, de entre unos meses a cinco años (a los seis comienza la escolarización), que pasan ahí todo el día. Es chocante para un europeo ver a una “wawa” (un bebé) colgado por horas a la espalda de su madre mientras ésta trabaja, vende o conversa. O “aparcado” en el suelo, inmóvil, a un lado del puestecico, viendo pasar el tiempo y las moscas, como un ingrediente más de ese paisaje humano sorprendente que forma los mercados callejeros de La Paz.

Evidentemente, para el español que pasea y compra con euros en el bolsillo todo es barato (otra cosa es comprar con sueldos bolivianos) y todo es de peor calidad que lo que hay en nuestra tierra.
En medio de todo esto, pensaba que parece mentira que en el mundo globalizado del siglo XXI existan mundos tan distintos y tan desconocidos. Pensaba en lo ignorantes que somos los europeos: todo lo medimos con la vara de nuestro progreso económico y todo lo juzgamos desde nuestro presente, olvidando las épocas más duras de la historia de nuestros padres y abuelos. Pensaba en la injusticia de este Gran Mercado que ya es la sociedad internacional, injusticia que se revela al mirarnos en este espejo de las calles comerciales de La Paz: la miseria de unos, sostiene la opulencia de los otros. Y pensaba en el misterio de la vida, del amor solidario y de Dios, que se hace más urgente y cercano en este “otro mundo” que es Bolivia, donde tanto nos queda por descubrir y aprender.

El Alto de pie, nunca de rodillas

Si La Paz es la capital latinoamericana de la pobreza, la ciudad de El Alto es la capital boliviana de la exclusión. El Alto era una ciudad desconocida e irrelevante a nivel mundial, hasta las revueltas populares de octubre pasado que pusieron a Bolivia en la primera página de las noticias. En cualquier rincón de esta ciudad, cuando un “alteño” dice: “El Alto de pie”, los que están cerca responden con orgullo: “nunca de rodillas”. Este dicho tiene que ver con los conflictos de octubre, pero tiene sus raíces en la formación de esta ciudad única en el mundo.

el alto

El Alto es la ciudad-periferia de La Paz, construida donde ésta conecta con el Altiplano, a 4.200 metros de altitud, en torno al aeropuerto. El Alto tiene una corta historia que marca su identidad. Los primeros asentamientos se produjeron a principios de siglo, cuando los campesinos aymaras bajaban del Altiplano hacia La Paz. Ellos la llamaron inicialmente Alaj Pacha (tierra en el cielo), para darle posteriormente el nombre de Alto Pata Marka (pueblo de arriba).
Su expansión se impulsó con la Reforma Agraria de 1952 (que provocó una enorme migración rural a la ciudad, la cual se ha acentuado década tras década) y con los despidos mineros masivos producto de las Políticas Neoliberales de los años 80. El Alto fue mirada siempre como la periferia pobre de La Paz y finalmente logró su rango de ciudad independiente en 1988. Esta historia ha configurado a El Alto como una de las ciudades mundiales de mayor crecimiento demográfico: un 9,2% anual, y una de las más míseras de Latinoamérica.
Es impresionante enterarse de que esta ciudad que hoy tiene unos 800.000 habitantes (censados), en el año 1976 apenas tenía 95.000. Por eso al pasear por sus calles se ven mayoritariamente niños, jóvenes y adultos jóvenes (el 64% de los alteños tiene menos de 24 años). En contraste con cualquier ciudad europea, El Alto es una ciudad sorprendentemente joven.

El alto sucio

Y sorprendentemente pobre. Cuando llegamos aquí hace poco más de un mes, no dábamos crédito a lo que veíamos: ¿cómo una ciudad de 800.000 habitantes tiene sólo alcantarillado en la mitad de los barrios (mucha gente tiene en sus patios un pozo ciego, otros simplemente usan ciertas calles y plazas como “baño público”)? ¿Cómo una ciudad de 800.000 habitantes no tiene un servicio de entrega-recogida de correo (de tal forma que para recibir o echar una carta tienes que bajar forzosamente a La Paz)? ¿Cómo en una ciudad de 800.000 habitantes sólo una de cada diez calles está pavimentada (si es importante, con cemento; si no, con adoquines) y el resto son pura tierra y piedras? ¿Cómo en una ciudad de 800.000 habitantes hay 700.000 que viven bajo la línea de pobreza (con menos de un euro al día y sin tener asegurado el día siguiente)?
Ahora resulta que mis hermanos y yo, que siempre fuimos españolitos de clase media, pertenecemos al 13% de “privilegiados” que tiene en su casa despensa, frigorífico, lavadora y teléfono. Lo que en España son artículos comunes de todos los hogares, en El Alto es la experiencia afortunada de unos pocos.

Lo cierto es que El Alto depende económicamente de La Paz, por lo que es difícil verlas como dos ciudades diferentes. El Alto es la cara más pobre de La Paz. Sólo una parte de los alteños trabajan en su propia ciudad (son pequeños comerciantes, así como trabajadores por cuenta propia, artesanos y microempresarios). El Alto, que para tantos emigrantes campesinos fue “la tierra prometida”, es en realidad una ciudad-dormitorio, puesto que diariamente son más de 170.000 los trabajadores que van a La Paz en busca del sustento familiar.

ricos de la paz

Y es que también en las ciudades pobres del Tercer mundo hay un Norte y un Sur. Hace unos días pudimos comprobarlo personalmente, cuando nos invitaron a una reunión que se realizó en la zona rica de La Paz. Tras hora y media de viaje en tres minibuses sucesivos, llegamos a un barrio que es respecto a El Alto lo mismo que Europa es respecto a Africa. Mil metros de altitud más abajo, allá se respira un aire más saludable y se goza de un clima más templado que hace posible la vegetación. La gente es de piel blanca y vive en elegantes y bien cuidadas casas, las cuales esconden en su interior la piel morena de las cocineras, jardineros y chóferes que por la noche regresan con sus familias a El Alto.
Nos dijo después una persona que ésta es la versión moderna de lo que ocurría en el tiempo de la Colonia, cuando los señores españoles se servían del trabajo de los indios, pero los mandaban a vivir a las serranías. Lo escuchamos con vergüenza, pero era evidente que era cierto.

Y empezamos a entender que en los conflictos del pasado octubre, cuya mecha se prendió en El Alto y que terminó con la dimisión del presidente boliviano, la exportación del gas fue la ocasión pero no el motivo profundo. Empezamos a entender que las manifestaciones masivas que se organizaron en esta ciudad eran el grito de protesta de un pueblo sometido por siglos y excluido hoy por la Modernidad. Empezamos a entender que el dicho: “El Alto de pie, nunca de rodillas” no expresa sino un sueño colectivo. Y empezaron a sonar nuevas aquellas palabras de Jesús: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”.

Senkata, en la periferia de la periferia

La primera vez que escuchamos el nombre de Senkata (cuando nos propusieron venir aquí), pensamos en un poblado del África. Y la primera vez que visitamos Senkata (cuando ya estabamos en Bolivia), tuvimos la misma sensación. Alguien nos dijo después que, en cuanto a condiciones de pobreza, Senkata está al nivel del África Subsahariana. No andábamos tan desencaminado...

Una de las peluquerías de Senkata

Senkata es el suburbio sur de la ciudad de El Alto, el sector adonde va llegando el mayor número de emigrantes campesinos del Altiplano. Hoy acoge a unos 60.000 habitantes dispersos en un territorio enorme y es la zona alteña de mayor concentración de personas de piel morena, de cholitas con pollera y de casas donde se habla aymara. Todo es sorprendente en Senkata...

El primer impacto es el paisaje físico asociado a la pobreza. Salvo la carretera central (la carretera a Oruro, una de las ciudades mineras venidas a menos), todas las calles son de tierra. Calles a ratos estrechas y de repente anchísimas que se enlazan con enormes plazas, las cuales parecen a veces descampados, a veces sembrados y a veces escombreras y otras basureros, es decir, cualquier cosa menos una plaza.
Sólo en algunas calles hay alcantarillado y luz eléctrica. Y por supuesto, en ninguna hay línea telefónica (Y aunque la hubiera, ¿cómo podrían pagarla tantos que aquí sobreviven con apenas medio euro al día?).
Por lo demás, es común ver por cualquier esquina a grupos de perros, ovejas, gallinas o cerdos, un signo más de que Senkata es un “a medio camino” entre el campo y la ciudad.

Dicen que las casas reflejan muy bien el estilo del pueblo aymará. Son todas de paredes de adobe y techo de paja, los materiales del Altiplano. Eso hace que sean más calientes que las de ladrillo, aunque en la ciudad son mal vistas porque se asocian a la condición pobre de los que vienen del campo. Lo curioso es que no dan a la calle. Lo que ve el que llega son sólo los muros, también de adobe y todos iguales. Una puertecita en el muro da entrada al patio y es al fondo de éste donde está la casa.
Los que llevan años trabajando con los aymaras dicen que su personalidad es también así: con varios muros protectores, en una actitud inicial de desconfianza y resistencia... y sólo cuando tiempo después te consideran digno de confianza, entonces te abren todas las puertas y son los más leales colaboradores. ¿Cuánto habrá en todo esto de un aprendizaje de supervivencia elaborado a lo largo de siglos?
El pueblo aymara fue invadido por los incas, luego por los españoles, después por los criollos bolivianos, y hoy...

Ese espíritu de resistencia se ha expresado también en los sucesos del llamado “Octubre Negro” pasado. Lo que comenzó en El Alto con manifestaciones masivas que agrupaban un montón de pequeñas reivindicaciones (por ejemplo, la construcción por el municipio de una Estación de autobuses rurales), derivó en el conflicto nacional que fue noticia en todo el mundo.

evo = + crisis

Senkata fue uno de los lugares más dramáticos, por esperarse aquí la llegada de los mineros de Oruro y por estar aquí la refinería de Repsol-YPF que abastece a toda la Paz.
Hace dos semanas, una de las viudas de Senkata nos contaba llorando cómo ellos se manifestaban pacíficamente (y todas las fuentes lo confirman) hasta que los soldados empezaron a disparar a las calles y a los patios de las casas. El primer día murió un niño de cinco años que estaba en el patio de su casa y desde entonces, cientos de hombres y mujeres salieron a las calles para hacer frente, aunque fuera con palos y piedras, a los tanques y helicópteros del Ejército... La mujer decía entre lágrimas: “lo hicimos para defender a nuestros hijos”... El resultado fue una matanza por parte del Ejército (80 alteños muertos y más de 200 heridos) y la dimisión y huída del Presidente. Hoy en todas las entradas de la ciudad hay letreros “en memoria de los mártires de Octubre”.

Pero sin duda que esa tragedia es expresión de otra más permanente: la de la pobreza y exclusión de los habitantes de este lugar, que muchos en El Alto llaman “la periferia de la periferia”. Y es una tragedia cotidiana que se ceba especialmente en los niños y en los jóvenes y que se acentúa por los prejuicios e ignorancia de los adultos.
Lo primero que pensamos al conocer Senkata fue: ¿y aquí es donde vamos a vivir y trabajar nosotros?... Hay tanto por hacer... ¿Por dónde empezamos?...

A todos está dedicado este testimonio de asombro misionero.



Un abrazo enorme, Merche, Claudio, Lucía, Ana y Marcos

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