Una vida desde El Alto

  Capítulo XIV, Marzo 2005

¡Compañeros, compañeros!

El grito resuena en los cabildos abiertos, en los “ampliados” informales, en las juntas vecinales que se reúnen en cada esquina de esta inmensa ciudad. El ambiente, lejos ya de ese festivo tono de los primeros días del paro, se encuentra cargado de tensión. Y a un lado y a otro, los dirigentes lanzan consignas, motivan a unos y a otros, se lanzan eslóganes contra las “transnacionales imperialistas”. Y la gente pasa, caminando, y vuelve la cabeza con indiferencia ante el “¡compañeros, compañeros!”

crisis

Hay palabras que llevan detrás toda una carga de significados, y esta es la palabra mágica en esta Bolivia doliente y dolida, palabra que permite transitar por la ruta de los atropellos contra todos y contra uno mismo. Cuando decimos “compañeros” estamos poniéndonos en el lugar de los últimos, estamos tomando partido contra el sistema establecido, estamos haciéndonos “base” con los de la base...

Sin embargo, las palabras tienen significados ambiguos, y no pocas veces acaban prostituídas... Las cholitas no entienden de consignas y son ellas las que, cada día, tienen que recorrer kilómetros caminando, transportando su carga, o su hijo a la espalda envuelto en el aguayo. Ellos son, los pobres de verdad, el 90% de habitantes que viven en esta enorme ciudad, los que tienen que ganarse el pan diario, cada día, sin reservas ni ahorros que puedan permitir afrontar crisis de estas. Los dirigentes, o nosotros, los pocos gringos que vivimos en El Alto, no tenemos en el fondo más problemas que las naturales incomodidades que generan situaciones de este tipo: toca caminar, hacer acopio de reservas en las tienditas que poco a poco, nos comentan, se van quedando sin suministros, cuidar a los niños en casa al no poder ir al colegio y contemplar anonadados este festival de incongruencias donde los adalides de los pobres luchan por ellos... desplumándolos de todas sus posibilidades.

Los pobres de verdad, el 90% de los que viven en esta ciudad, son los que tienen que ganarse el pan diario, sin reservas ni ahorros que puedan permitir afrontar crisis de estas

Es verdad que las demandas de este pueblo están cargadas de razones. Es verdad que no hay derecho que siglos de riqueza en materias primas se transforme en siglos de miserias y humillaciones. Es verdad que a la vez que una empresa francesa (Suez) se embolse 3,5 millones de dólares en un año por el servicio del suministro de agua, acá no tengan la mayoría acceso a ese servicio, ya no digo de calidad (o sea, agua potable a todas horas que no lo tenemos nadie) sino de disponibilidad mínima (o sea, tener grifo de agua). No es de recibo que estemos sobre una bolsa de gas natural y las conexiones de ese mismo gas lleguen con más facilidad a los países del norte que a nuestros barrios desesperados (¡Atenta Repsol-YPF, propietaria del negocio del gas!). Y qué decir de la plata, del estaño, de la madera amazónica, de tantas materias primas que pareciera que es desgracia nuestra tenerla porque atraemos a las rapiñas que todo lo quieren a precio de nada, para subvencionar “los estados del bienestar”, que acá conocemos por las telenovelas que acontecen en Miami y por lo que suponemos que bienviven los del sur de La Paz. Hablo en primera persona, pero ya entienden ustedes que hablo por lo que no tienen voz, porque nosotros sí conocemos el estado de bienestar...

Ese pueblo callado que quiere, ¡que necesita! trabajar para vivir, no tiene palabra en este drama. Acá solo hablan los “dirigentes”. Y los demás, bloquean las calles bajo amenaza de multa y acuden a las asambleas en las que previamente se pasa lista...

Ese pueblo callado que quiere, ¡que necesita! trabajar para vivir, no tiene palabra en este drama. Acá solo hablan los “dirigentes”. Y los demás, bloquean las calles bajo amenaza de multa y acuden a las asambleas en las que previamente se pasa lista... Esas calles llenas el día a día de movilidades que transportan a los unos y a los otros de acá para allá y que estos días no aparecen por las calles. Por las noches se relaja el ambiente y, generalmente por caminejos y dando hartas revueltas se puede llegar a los destinos. Ayer mismo, pudimos recoger a Mariano del aeropuerto cuando volvía de España sin mayores incidencias, pero esta mañana ha tocado ir andando con Carmelo (que le sustituyó en este mes) al mismo aeropuerto a despedirle con los maletones enormes que traía. Conclusión: si ustedes vienen a El Alto, mejor traen una buena mochila por si toca andar.

Pero, a pesar de historias de estas, no somos nosotros los que sufrimos esta situación. Es el pueblo de Bolivia, bloqueado en su irracionalidad y en su engaño. Ayer fuimos los extranjeros, hoy somos de nuevo los extranjeros y, ¡por desgracia!, el propio pueblo el que explota y manipula a sus propios hermanos.

cholita

¡Es bueno que Suez se vaya porque no ha cumplido y la miseria de los alteños es la misma! Pero es manipulación y engaño exigir que se vaya YA, sin la menor consideración a las normas jurídicas, sin tener en cuenta que debe existir una seguridad jurídica para empresas y ciudadanos (aunque no es este un valor absoluto) y sin decir que cuando nos saltamos esas normas al final lo pagamos todo el país (y sobre todo los más pobres) en forma de indemnizaciones millonarias y de huida de las inversiones... Y es una burda afrenta a este país ya machacado tantas veces, los cómodos pronunciamientos de ejecutivos de ONGs que, sentados en su despacho, hacen fáciles análisis mientras en su casa no le falta el gas, ni el agua, ni el alimento de cada día. Eso si, a progresistas que no les gane nadie, mientras sean conservadores de sus cosas que no les quite nadie...

Esta tarde caminaban por El Alto variados paseantes. Una manifestación-concentración gritaba contra las transnacionales, otra gritaba consignas contra los “bloqueadores” y a favor del ya dimitido presidente de la república. Algunos en bici sorteaban ambas concentraciones y, allá, como siempre, la cholita, nuestra cholita cargada de “papas” y con el niño a la espalda, mira al suelo que es donde mira siempre, como si esta historia no fuera con ella, pensando en qué va a comer hoy, qué va a vender hoy, qué va a traer a casa hoy.

Al fondo, lejos, se oye resonando en las paredes de adobe de las mil esquinas de El Alto... ¡compañeros, compañeros...!

Un abrazo: Merche y Claudio

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