Con Liz en el corazón
En esta web no suelo hablar mucho de mi vida privada o de mi familia, pero en esta ocasión creo que no merece la pena hablar de otra cosa.
Mi hermano es médico, trabaja en un pequeño dentro de salud en Bolivia, en la ciudad más pobre de toda Sudamérica: El Alto.
Durante nuestra luna de miel, estuvimos Pía y yo visitando aquellas tierras, y la verdad es que impacta y duele ver los contrastes que tenemos en nuestro mundo, la pobreza extrema en que viven tantos cientos de miles de personas, y la comodidad y bienestar en que vivimos, nosotros, los afortunados (sin méritos propios) hijos del desarrollo.
Y digo esto para que podáis entender, más o menos, el último correo que ha enviado:
  

Se me ha muerto Liz,
antes de sus dos añitos,
se me ha muerto Liz.

Ya lo sé, es verdad, un número más,
la confirmación de las estadísticas,
el muerto número no sé cuantos,
de la misma causa de siempre: la desnutrición severa.

Pero se me ha muerto a mi.
Liz tiene los ojos grandes, ausentes, hundidos, secos...
Hasta el agua de las lágrimas
te ha robado la deshidratación, mi niña.
Liz tiene ¡es verdad: tenía!
bracitos como cañas finas,
como cañas finas sus piernitas,
y una tripita hinchada,
obscenamente hinchada de hambres.
Y se fue Liz...¿dónde te fuiste, Liz?

Un número más, un muerto más
de la maldina mortalidad infantil,
un muerto más que queda en nuestras conciencias
de consumos irresponsables,
de negocios disfrazados de “cooperación”,
de neoliberalismos “salvadores” y asesinos...
Se nos ha muerto Liz.

Y vuelvo del centro de salud con Liz en el corazón,
pensando en qué podemos hacer para evitarlo la próxima vez,
y en casa me esperan mis hijitos
de la edad de Liz, pero llenos de futuro,
y veo sus ojos, y los ojos de los otros,
y los ojos de todos.

Se nos ha muerto Liz.
A todos se nos ha muerto.
De hambre se nos ha muerto Liz.


Claudio