Con Nayaf en la retina Por Fran Sevilla Querida/os toda/os, como sabréis ya, estoy bien. He tenido bloqueado el correo un par de días, pero he recibido algunos de vuestros mensajes. Reconfortante sentirse tan arropado. Ha sido un susto grande, pero no ha pasado del susto. Siempre he creído que tengo Baraka, la suerte de los árabes, esa especie de toque de la diosa Fortuna que me ha acompañado a lo largo de muchos años. Y también siempre he creído que lo que hago merece la pena, unas veces más que otras, pero en el balance final pesa más el estar y contarlo, que el no haber estado y hablar de oídas. Creo que el periodismo, si es algo, es eso, contar lo que se ve, lo que se escucha, lo que se siente. Y siento que esta guerra continúa siendo una locura que nunca debió empezar y que hay que narrarlo para que no se olvide. ![]() El otro día, mientras recorría las calles de Nayaf, en medio de los combates entre los milicianos chiíes y las fuerzas de ocupación estadounidenses, antes de que me detuvieran, me sentía sobrecogido por el vacío que se había instalado en esa ciudad. No sólo que las calles estuvieran desiertas, en una ciudad en la que cada viernes, a esa hora, el bullicio y el trasiego de seres humanos camino de la mezquita que alberga el santuario del Imán Alí eran una de sus principales señas de identidad, sino un vacío más grande, el de la imposibilidad de elegir bando. Los milicianos del llamado ejército del Mahdi son, en su mayoría, jóvenes fanáticos, dispuestos a matarte por el hecho de ser extranjero. A mí me acusaron de ser un espía y todos estaban de acuerdo (el grupo que me retuvo) en darme allí mismo cumplida sentencia. Pero al mismo tiempo ellos están en su tierra, luchan contra un enemigo, infinitamente más poderoso, que ha invadido sus ciudades y sus calles, que no respeta sus costumbres y tradiciones. Por más que su mesianismo (en la tradición chií, el Mahdi es el Mesías, el redentor, el Imán oculto que vendrá como enviado de Dios a imponer su reino) me resulte imposible de compartir, por más que la absoluta marginación de la mujer me siga haciendo inadmisible su comportamiento, no dejo de reconocer que esta guerra les ha sido impuesta. No puedo decir que estoy a favor de unos ni a favor de otros. Simplemente seguiré intentando acercarme para tratar de comprender y de contarlo, de contároslo. Al menos, dentro de su (para nosotros) fanatismo, la actitud de esos milicianos tiene una razón de ser, una lógica y una dignidad a su manera. No puedo pensar lo mismo de quienes torturan, de quienes humillan. No sólo han sido los soldados estadounidenses, lo más grave, lo que no se ha contado todavía, es que muchos de los que participaron en las torturas a los presos iraquíes son mercenarios, soldados de fortuna, de las llamadas empresas contratistas, empresas de seguridad, eufemismos tras el que se ocultan máquinas de hacer dinero sembrando la muerte y la destrucción. En Abu Graib había mercenarios encargados de realizar interrogatorios, concienzudamente aplicados a la tarea de torturar no sólo para obtener información sino también por el simple placer de torturar, por sentir de esa vesánica forma su superioridad. Nadie sabe lo que está ocurriendo en el aeropuerto de Bagdad, donde centenares de iraquíes se pudren sin ningún tipo de derecho. Ante esa aportación de la civilización occidental, resulta difícil no entender el fanatismo de los milicianos chiíes. Por más que a mí, casi me cuesta muy caro. Un abrazo. |