Me llamo José Manuel, aunque en algún sitio soy más conocido por JM (el apodo que me pusieron los compañeros de mi primer trabajo).
Puedo decir que soy un chico normal, ni guapo ni feo, ni tonto ni listo, de bueno ni malo... vamos, como todos, aunque cada uno tenemos lo nuestro.
Vivo a caballo entre dos ciudades de España: Valladolid, donde dicen que se habla el castellano más puro (aunque yo no estaría tan seguro, pero si lo dicen...), y una de las ciudades más bonitas que conozco: Salamanca.
Para ganarme la vida me dedico a programar esas máquinas tan caprichosas que solemos llamar ordenadores, y que últimamente están hasta en la sopa. Desde pequeñito siempre me llamaron la atención aquellos Spectrum Z-80, los Amstrand de cinta, el Commodore 64... pero por desgracia siempre de lejos, ya que no pude conseguir mi propio ordenador hasta los 14 años, y fue cuando me dí cuenta de cual es el oficio que llevo en las venas. Estudié, aprendí, eché más horas que un tonto, y después de unos años me empezaron a pagan por hacer aquello que me gusta hacer... de qué me voy a quejar ¿verdad?
Ahora que nos hemos presentado y tenemos algo de confianza, voy a enseñaros cómo soy.
Bueno, pues este soy yo... como podéis ver, bastante normal ¿no? De todas formas, si queréis ver más detalles (aunque no se me ocurre ninguna buena razón para hacerlo), puedes visitar mi álbum de fotos 
Hechas las presentaciones, podemos continuar. Además de mis horas de trabajo, también me dedico a otros menesteres, sobretodo a compartir ratos con mi mujercita y amigos, tocar la guitarra y luchar por alguna loca y perdida causa.
Sobre Pía, mi mujer, bueno... creo que no puedo ser muy objetivo, aunque lo que sí puedo decir es que es el motor más importante de mi vida, y la gasolina que lo mueve es la ilusión por las cosas que vivimos juntos (aunque a veces tengamos que parar a repostar). Desde que nos conocimos no hemos podido separarnos, y cada día aprendemos algo el uno del otro. Si quieres vernos recién casados, puedes hacerlo en el álbum de la luna de miel
, aunque no esperes ver las playas paradisiacas de Cuba, o los hoteles de lujo de Cancún. Nuestro viaje de novios fue un sitio menos bonito, pero mucho más especial: a Bolivia.
De mis amigos, que puedo decir: pues que tengo muchos y variados... con algunos pasé mi juventud jugando al rol y aunque ahora trabajemos en ciudades distintas, todavía nos unen muchas aventuras juntos: tesoros descubiertos, princesas rescatadas, días de mercado en Fornost, broncas en la taberna de “El Orco Ronco”, aquel escudo de Mithril y el dragón que lo custodiaba... [suspiro] que buenos tiempos fueron aquellos.
Con otros amigos lo que he disfrutado han sido días de campo, rutas por la montaña, tiendas de campaña, hogueras, panceta y chorizo “al palo” y sobretodo: buenas charlas.
Y entre todos ellos (y por supuesto, el Andrés) están mis amigos, esos que están ahí siempre para tomar una caña y poder desahogarse, para reír o llorar cuando haga falta, compartir buenos ratos o filosofar sobre este loco mundo que nos ha tocado vivir. Aunque algunos estén lejos, eso es lo de menos, porque a un amigo no hace falta verle para saber que estará cuando le necesitemos.
Otra de mis vocaciones, aunque un poco tardía, es la guitarra. Comenzamos a tontear cuando yo tenía 18 años, y desde enconces me ha acompañado siempre, aunque en ocasiones nos hemos llegado a desesperar mutuamente. Pero sin duda alguna, a mi guitarra tengo que agradecerle que me presentara a Silvio, y que juntos hayamos podido ir adentrándonos en su música y poesía, y poco a poco aprendiendo más los valores importantes de la vida.
Y por último, intento dedicar algo de mi tiempo a pringarme por otra gente, por todos aquellos que, por las injusticias de este mundo, han nacido en una situación mucho menos fácil que la mía. No soporto la idea de vivir sin hacer nada para que este mundo vaya a mejor (aunque lo tenga difícil), no soporto que se anteponga el dinero y los intereses a las personas, no soporto que el mundo esté dirigido por un puñado de multinacionales americanas, y no soporto pensar que, como esto siga así, la humanidad se convertirá en la inhumanidad.
Desde que la gente de Adsis dejó su huella en mí, he cambiado el verbo sobrevivir por el revivir, el pasar por disfrutar, y el juzgar, por el ayudar. Y todo esto, aunque algunas veces me resulte difícil dejar de mirarme el ombligo para mirar a otras personas, y en otras ocasiones sea una gozada poder perder la tarde jugando con “una panda de niños sucios y maleducados”, enseñar a un chaval programar una vieja calculadora Casio, o ver y sentir la injusticia que tiene que sufrir tanta gente. Fruto de estas locuras fue mi viaje a Bolivia, donde realmente palpé con mis propias manos cómo malvive mucha gente en este mundo, o mejor dicho: en aquel mundo.
Así que, como dice Silvio, que tanto me ha enseñado en la vida: “Por eso canto a quien no escucha, a quien no dejan escucharme, a quien ya nunca me escuchó: al que su cotidiana lucha me da razones para amarle: a aquel que nadie le cantó”.
Esperemos que algún día el mundo se acuerde de cantarle a todos.
Bueno, esto es todo... espero que con estas letras me hayáis conocido, aunque sea por encima. Si después de esto, todavía os quedan ganas de verme, además de leerme, podéis hacerlo en cualquiera de las siguientes secciones: